Comentario Nº 108, 1 de marzo de 2003
Las réplicas del terremoto
Si el ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001 pudo considerarse un terremoto político para el pueblo estadounidense, Estados Unidos está sufriendo ahora sus réplicas. El ejemplo más reciente y más dramático de esas réplicas ha venido del otro lado del Atlántico y revela el desplazamiento tectónico que se ha producido, en gran medida inadvertido, durante la última década.
Lo más perturbador del 11 de Septiembre fue que Estados Unidos, por primera vez en su historia, se sintió vulnerable. Un ataque directo de tal magnitud en el territorio continental de Estados Unidos había sido hasta entonces desconocido e impensable. La respuesta inmediata de la mayor parte del resto del mundo –que ya conocía ese tipo de vulnerabilidad desde hacía mucho tiempo– fue masivamente afectuosa. Recordemos el ya clásico editorial del diario Le Monde de París al día siguiente: "Ahora todos somos estadounidenses".
En menos de dieciocho meses la administración Bush ha hecho desvanecerse toda esa simpatía y ahora se siente diplomáticamente aislada. Ése es el segundo gran terremoto, la réplica del del 11 de Septiembre. Desde 1945 Estados Unidos ha mantenido su política global con la confianza en que tenía aliados seguros: Europa occidental, Canadá, Japón y Corea del Sur. Aunque un aliado u otro podían mostrar reservas sobre este o aquel plan, y por mucha bulla que pudieran hacer (táctica por la que Francia era particularmente famosa), Estados Unidos siempre contó con que, cuando llegara el momento decisivo, esos aliados estarían a su lado.
Hasta febrero de 2003, el gobierno estadounidense estaba convencido de que esa subordinación de los aliados a su liderazgo en los asuntos mundiales era una constante con la que podía contar. De repente, eso ha cambiado. Francia y Alemania están liderando una "coalición de los reacios", apoyada por Rusia y China, y de forma abrumadora por la opinión pública mundial. Cuando el 15 de febrero se produjeron manifestaciones pacifistas masivas en todo el mundo, las mayores tuvieron lugar en los tres países que han apoyado más aparatosamente la posición estadounidense sobre Iraq: Gran Bretaña, España e Italia. A comienzos de marzo el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas va a votar una resolución estadounidense-británica-española para legitimar la acción militar contra Iraq. Se les contrapone un "memorándum" franco-alemán-ruso, que afirma que todavía no hay justificación para una acción militar. Es muy dudoso que la resolución estadounidense pueda alcanzar los nueve votos que necesita, aunque no haya ningún veto expreso.
La consecuencia inmediata sido un enfrentamiento entre Estados Unidos (apoyado por Gran Bretaña) y Francia y Alemania. Ha habido mucha más estridencia en el bando estadounidense que en el franco-alemán. Jacques Chirac, un político conservador que pasó algún tiempo en Estados Unidos y que ha sido considerado durante mucho tiempo uno de los dirigentes políticos franceses más pro-norteamericano, está siendo insultado y satanizado. ¿Cómo se han deteriorado tanto las relaciones entre Europa y Estados Unidos, hasta el punto de que la prensa se pregunta si podrán recomponerse algún día, si no estamos asistiendo a un divorcio? Para entenderlo tenemos que retomar la historia desde el comienzo, esto es, desde 1945.
En 1945 Estados Unidos era casi omnipotente, y Europa occidental sufría la destrucción económica provocada por la guerra. Además, la cuarta parte de la población de Europa occidental votaba por partidos comunistas, y gran parte del resto temía que la combinación de sus partidos comunistas internos más el inmenso Ejército Rojo, estacionado en el centro de Europa, representara una amenaza real a su supervivencia como países no comunistas. La alianza de Europa occidental con Estados Unidos, concretada en la creación de la OTAN en 1949, gozó de un gran apoyo de la mayoría de la población que temía al aislacionismo estadounidense más que el imperialismo estadounidense. Estados Unidos alentó y apoyó el establecimiento de estructuras transnacionales europeas, sobre todo como forma de hacer aceptable a los franceses la inserción de Alemania occidental en las estructuras de la alianza.
A finales de la década de 1960 la base material y política del entusiasmo europeo por la Alianza Atlántica comenzó a desvanecerse. Europa occidental había resucitado económicamente y ya no dependía de Estados Unidos. Por el contrario, se estaba convirtiendo en un rival económico. La fuerza interna de los partidos comunistas comenzó a disiparse. La amenaza soviética parecía bastante distante. Por otra parte, el entusiasmo estadounidense por las instituciones europeas comenzó a esfumarse, en la medida en que una Europa fuerte parecía suponer un riesgo para la Alianza Atlántica. Estados Unidos alentó la adhesión británica, con la esperanza de socavar Europa (como acusó de Gaulle por aquella época), y más tarde iba a presionar en favor de una expansión rápida "hacia el Este" con un propósito parecido.
El colapso de la Unión Soviética en 1989/1991 supuso un desastre desde el punto de vista del control estadounidense sobre sus aliados. Desbarató la principal justificación del liderazgo estadounidense. ¿A quién se suponía que debía temer ahora Europa? Estados Unidos buscó un sustituto que ofrecer a Europa occidental, en lugar de la Unión Soviética, como razón para una leal adhesión al liderazgo estadounidense. Básicamente, lo que Estados Unidos ofreció fue el interés de clase del "Norte" frente al "Sur": el interés común de Estados Unidos y Europa occidental en el orden global, la globalización neoliberal y la contención militar de los países del "Sur" (esto es, la insistencia continuada e intensificada en la no proliferación nuclear).
Se trataba en efecto de intereses comunes, pero ninguno de ellos planteaba la misma urgencia que anteriormente la amenaza militar soviética, y Europa occidental pensó que su enfoque de determinados problemas particulares era al menos tan inteligente y útil como el de Washington. En la época del primer presidente Bush y de Clinton esas diferencias condujeron a controversias serias, pero que se mantuvieron civilizadas. Entonces llegaron los halcones del segundo presidente Bush, a los que no interesaba debatir los matices sobre qué hacer en Iraq, Palestina o Corea del Norte. Creían que sabían qué había que hacer y deseaban asegurarse de que Europa occidental aceptaría, como lo había hecho antes, el liderazgo incuestionado de Estados Unidos. Habían heredado el viejo desprecio estadounidense por la Europa que los inmigrantes habían dejado atrás.
Sin embargo, las realidades geopolíticas son bastante diferentes hoy día. Europa occidental aprecia que la política de Bush en Iraq apunta tanto contra ellos como contra Saddam Hussein. Ven que Bush está tratando de destruir la posibilidad de una Europa fuerte y políticamente independiente, precisamente en un momento muy delicado de la construcción constitucional de esa Europa. Además, la derrota de los socialistas en Francia y la victoria de los socialdemócratas en Alemania supusieron serios contratiempos para Bush. La derrota de los socialistas en Francia permitió a ese país, con su curiosa constitución, contar con un presidente que tenía la autoridad para decidir, ya que no tenía que compartir el poder con un primer ministro de otro partido. Chirac juzga que el interés de Francia consiste en afirmar sin reservas su gaullismo. En eso cuenta además con el apoyo abrumador de la opinión pública y los políticos franceses, que un primer ministro socialista nunca habría tenido. En Alemania, por otra parte, sólo una coalición entre socialdemócratas y verdes pudo optar por la clara posición que ha adoptado el gobierno, viéndose recompensado políticamente.
La fanfarronada de Rumsfeld sobre lo muy aislada que estaba la "vieja Europa" ha demostrado ser infundada. No hay ni un solo país en Europa, incluida la Europa del Este, en que las encuestas no estén contra la posición estadounidense. Los Estados Unidos que defienden las guerras preventivas y se lanzan a ellas unilateralmente se consideran un peligro mucho mayor que un Saddam Hussein cercado y constreñido. Europa no es antiamericana, pero sí es, muy claramente, anti-Bush. Por otra parte, lo mismo está sucediendo en Asia oriental, donde Japón, Corea del Sur y China se han alineado contra el planteamiento estadounidense frente a Corea del Norte.
Nunca volveremos a los viejos días. Lo que ocurra ahora depende mucho de cómo vaya el proceso militar en la guerra de Iraq. Europa puede salir de ella muy reforzada o en harapos. Pero la posibilidad estadounidense de contar con un apoyo automático de Europa occidental y Asia oriental probablemente ha desaparecido para siempre.
Immanuel Wallerstein (1 de marzo de 2003).
© Immanuel Wallerstein 1998, 1999, 2000, 2001.
Copyright de Immanuel Wallerstein. Todos los derechos de reproducción reservados. Los Comentarios pueden bajarse al disco duro, remitirse a otros vía correo electrónico o colgarse en sitios no comerciales de Internet, siempre que el texto permanezca íntegro y se reproduzca la nota del copyright. Para traducir un texto, publicarlo en forma impresa o en cualquier otra, incluidos sitios comerciales de Internet o extractos, contáctese por favor con el autor en: iwaller@binghamton.edu; fax: 1-607-777-4315.